- Ana Belén Noriega, CEO de PEFC y Decana Presidenta del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales, reivindicó en ESG Spain 2026 una gestión activa y permanente de los montes españoles, entendidos no como paisaje sino como infraestructura verde viva de la que depende, entre otras cosas, el agua que llega a cada grifo. Su intervención situó el cuidado del territorio como una inversión estratégica frente a riesgos como los incendios, y reclamó mecanismos reales de compensación para quienes gestionan esos ecosistemas.
Noriega arrancó apelando a un gesto cotidiano para explicar una idea de fondo: cuando se abre un grifo, el agua que sale procede de un monte. Esa infraestructura verde, señaló, exige una visión de 360 grados y un trabajo continuado durante todo el año, no solo cuando el fuego la convierte en noticia. Como ejemplo reciente, recordó lo ocurrido en León, donde un monte calcinado por un incendio dejó el terreno sin capacidad de retener el agua, de modo que una tormenta posterior arrasó un pueblo entero — una secuencia que, defendió, demuestra que hablar de bosques solo en verano es quedarse con la mitad del problema. Frente a esa mirada estacional y reactiva, insistió en que el monte es un ecosistema vivo en el que las personas —quienes lo habitan, lo trabajan y lo gestionan— tienen un papel central, y alertó de una creciente desafección social hacia ese territorio.

La CEO de PEFC ofreció también una definición propia del carbono forestal: las partículas de CO2 que llegan desde la atmósfera y que el bosque recoge y transforma, separando el carbono para construir las hojas de los árboles. Esta función, explicó, es uno de los servicios ecosistémicos que los montes prestan de forma silenciosa, y conectó esa idea con un compromiso internacional que cumple ya más de tres décadas: el Convenio sobre la Diversidad Biológica, que desde su origen identificó tres elementos clave —la conservación, el uso sostenible de los ecosistemas forestales y el reparto justo de los beneficios que generan—. A su juicio, ese tercer elemento sigue sin cumplirse: quienes producen estos servicios ecosistémicos no reciben la compensación correspondiente, una situación que consideró urgente corregir.
Noriega fue explícita sobre qué tipo de apoyo necesita el sector: no subvenciones, sino inversión productiva que genere retorno y avance real. En su intervención reclamó innovación, competitividad y capacidad de atraer capital que reconozca el valor —hoy invisible en gran medida— de mantener los montes vivos y gestionados activamente, frente al riesgo de que la falta de gestión los convierta en un pasivo ambiental y económico. Ligado a esta idea, defendió una actualización profunda del marco de gestión territorial:
«No podemos cuidar el territorio del siglo XXI con los modelos del siglo XX», afirmó, añadiendo que las políticas diseñadas desde una perspectiva centroeuropea no siempre encajan con la realidad del sur de Europa y el Mediterráneo, donde el riesgo de incendio y la gestión forestal responden a condiciones distintas.

La ingeniera forestal reclamó además visibilidad constante para un sector que, denunció, solo atrae la atención mediática y política en los meses de verano, cuando arden los montes. Su reivindicación fue clara: hablar y comunicar los 365 días del año sobre la economía que generan los bosques, no solo sobre sus incendios. Cerró su intervención con una imagen sensorial que resumía todo el argumento:
«Un monte huele a tierra, huele a trabajo, huele a resina y madera. Y si no, posiblemente huela a humo», sentenció Noriega, antes de insistir en que cuidar el territorio no es una fotografía del pasado, sino el futuro, y que ese cuidado no admite improvisación: mantener vivos los montes españoles es, defendió, la base de la economía, la sociedad y la vida que se sostiene sobre ellos.




