- Cómo los tumores se adaptan, desarrollan resistencias y, al mismo tiempo, adquieren nuevos puntos débiles que podemos atacar
Para entender una de las mayores dificultades del cáncer, tenemos que empezar bastante lejos de los hospitales.
Concretamente, en el espacio.
La búsqueda de vida extraterrestre tiene un primer problema bastante importante. ¿Cómo sabemos si algo está vivo?
Definir la vida no es fácil. En absoluto. muchas definiciones y ninguna funciona del todo bien. Por eso, la NASA utiliza una bastante práctica para buscar vida fuera de la Tierra. Un ser vivo sería “un sistema químico capaz de mantenerse por sí mismo y experimentar evolución darwiniana”.
Y esa última parte, la evolución, nos lleva de vuelta al cáncer.
Un tumor no es un ser vivo independiente. Pero sus células forman una población que convive con otras células sanas y evoluciona dentro de nuestro organismo. Se multiplican y, al hacerlo, aparecen diferencias entre ellas. Algunas aprovechan mejor los nutrientes. Otras soportan condiciones muy adversas. Otras consiguen esconderse del sistema inmunitario.
Las que tienen alguna ventaja en el entorno en el que viven sobreviven mejor y dejan más descendencia. Con el tiempo, estas células pueden imponerse a las demás y cambiar las características del tumor.
Eso también es evolución.
Una evolución que se produce dentro de nuestro propio cuerpo y que convierte al cáncer en una enfermedad que no se queda quieta.
Las células tumorales están sometidas a muchas presiones. Tienen que competir por el espacio y los nutrientes con otras células sanas, esquivar al sistema inmunitario, adaptarse a las condiciones de cada tejido… Los tratamientos les añaden una presión más. Y una muy importante.
Las terapias pueden eliminar las células tumorales de manera eficaz y eliminar la enfermedad o mantenerla controlada durante mucho tiempo. Sin embargo, si queda algún grupo de células tumorales con características que les ayudan a resistir el tratamiento, puede aprovechar la situación y comenzar a multiplicarse.
Por eso, algunas veces un tratamiento que funcionaba y mantenía controlada la enfermedad deja de hacerlo. No es que el tumor haya decidido defenderse ni que el tratamiento lo haya vuelto más fuerte. Han sobrevivido las células que, por sus características, eran menos sensibles. Y el tumor que crece a partir de ellas ya no es exactamente el mismo.
Así que, si queremos conseguir tratamientos verdaderamente eficaces, necesitamos comprender y asumir todo esto. A veces, los puntos débiles de un tumor desaparecen. Pero también pueden aparecer otros nuevos. Por eso necesitamos estrategias capaces de anticiparse a sus cambios y aprovechar las nuevas vulnerabilidades que surgen durante su evolución.
Esta idea está detrás de varios proyectos que impulsa CRIS Contra el Cáncer. El Dr. Joaquín Mateo (VHIO, Barcelona) estudia cómo cambia el cáncer de próstata y cómo esos cambios afectan a su respuesta a los tratamientos. Lorea Valcárcel (Universidad del País Vasco, Bilbao) analiza cómo los cambios en el entorno del tumor favorecen la metástasis. Aleix Prat (Hospital Clínic, Barcelona) investiga por qué algunos tumores de mama se vuelven resistentes y qué nuevas formas de atacarlos aparecen entonces. Y María Velasco (CNIO, Madrid) estudia cómo algunas células de la leucemia utilizan las señales de la médula ósea para sobrevivir y provocar recaídas.
Todos estos proyectos intentan comprender cómo cambia y se adapta la enfermedad. El objetivo es anticiparnos a esos cambios, tener preparado el tratamiento adecuado y no darle al tumor la oportunidad de escapar.
El cáncer no se queda quieto. Por eso la investigación tampoco puede hacerlo. Y en CRIS trabajamos para mantenerla siempre en movimiento.




