- En un escenario marcado por la transformación digital, la presión creciente sobre recursos como el agua y la energía, y la necesidad de sostener la confianza pública frente a la desinformación, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre-Real Casa de la Moneda desempeña un papel clave en la construcción de infraestructuras fiables para el país. Isabel Valldecabres, Presidenta-Directora General de la FNMT-RCM, aborda cómo integrar sostenibilidad y competitividad desde un modelo que combina lo físico y lo digital, poniendo el foco en la eficiencia hídrica y energética, la inclusión de quienes no pueden o no quieren digitalizarse, y la exigencia de criterios ambientales y éticos en toda la cadena de suministro. Una conversación que pone de relieve el valor de las infraestructuras de confianza como herramienta de resiliencia, cohesión social y competitividad a largo plazo.
Para una institución como la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre-Real Casa de la Moneda, ¿qué significa sostenibilidad en términos prácticos: eficiencia y buen uso de recursos, continuidad del servicio, innovación y confianza pública?
Para nosotros la sostenibilidad no es un capítulo aparte del negocio: es la forma en que entendemos nuestra razón de ser. Somos una entidad pública y trabajamos, sobre todo, para la ciudadanía y para las administraciones, así que casi todo lo que hacemos tiene ya, de origen, una dimensión social.
Le pondré un ejemplo que a mí me parece muy revelador. Mucha gente asocia sostenibilidad con lo digital, y es verdad que emitimos más de 17 millones de certificados electrónicos gratuitos que permiten hacer trámites desde casa, sin desplazamientos ni papel. Pero al mismo tiempo fabricamos moneda y billete, es decir, efectivo. Y el efectivo también es sostenibilidad, porque es inclusión: es lo que garantiza que una persona mayor, alguien en situación vulnerable o quien no se maneja con lo digital pueda seguir haciendo su vida con autonomía, y es el recurso al que todos volvemos cuando hay una emergencia y los sistemas fallan.
Esa es nuestra particularidad: vivimos a la vez en el mundo físico y en el digital, y nuestro trabajo es que los dos sigan siendo fiables y accesibles para todos. A eso le sumamos, por supuesto, el compromiso con nuestra plantilla —igualdad de derechos y de retribución, más de un 2% de empleados con discapacidad, la seguridad y la salud como prioridad— y el cuidado del entorno. Pero el hilo que lo une todo es la confianza: nosotros, en el fondo, producimos confianza pública, y una institución que produce confianza está obligada a pensar a largo plazo. Eso es sostenibilidad.

El hito más claro es que en 2025 creamos un Departamento de Sostenibilidad propio. Puede parecer un cambio pequeño, un recuadro más en el organigrama, pero para mí es muy significativo: llevábamos años haciendo muchas cosas en esta materia, pero cada área por su lado, y darle un departamento, una voz y una responsabilidad concreta hizo que la sostenibilidad dejara de ser algo que “también hacemos” para pasar a formar parte de la estructura de la casa.
Y le pongo el ejemplo de lo que eso ha permitido, que es seguramente el proyecto más significativo que hemos impulsado: la reducción de la huella hídrica en nuestra fábrica de papel de seguridad de Burgos. Lo relevante no es solo que gastemos menos agua, sino cómo lo hemos abordado: hemos integrado el riesgo hídrico dentro de nuestros planes de resiliencia operativa. Es decir, el agua ha dejado de ser un asunto puramente ambiental para convertirse también en una cuestión de continuidad del negocio y de eficiencia operativa. Ese es exactamente el cambio de mentalidad que buscábamos: que la sostenibilidad y la buena gestión industrial no vayan por separado, sino que sean lo mismo.
En vuestro caso, la competitividad se expresa también como excelencia y fiabilidad. ¿En qué se nota antes que la sostenibilidad refuerza esa competitividad: eficiencia operativa, resiliencia, innovación, reputación o atracción de talento?
Le voy a contestar con un hecho, que es más elocuente que cualquier declaración de principios: estamos fabricando moneda de curso legal para Suecia y Dinamarca, y la sostenibilidad fue decisiva para conseguirlo. En el caso de Suecia fue el factor determinante, y en el de Dinamarca, muy importante. No éramos la oferta económica más barata, y aun así ganamos, porque éramos la mejor oferta medioambiental. Es decir, la sostenibilidad no nos restó competitividad, nos la dio. Cuando alguien me pregunta si ser sostenible sale caro, le respondo con esto, porque demuestra que el mercado —también el de nuestro sector— ya empieza a premiar a quien hace las cosas bien.
Y hay otro aspecto, que para mí es el más importante, precisamente porque no aparece en nuestro balance ambiental: emitimos más de diecisiete millones de certificados electrónicos gratuitos, que permiten a cualquier persona hacer sus trámites con la Administración desde casa, sin desplazamientos y sin papel. Piense en lo que eso significa multiplicado por diecisiete millones, viajes que no se hacen, colas que se evitan, impresos que no se imprimen.
Y aquí hay algo que me parece revelador: esa huella de carbono que se evita no es nuestra, es de los ciudadanos. No la podemos apuntar en nuestro inventario de emisiones, porque no nos corresponde. Y, sin embargo, por volumen, probablemente sea la mayor contribución ambiental de esta casa. Creo que las empresas tendríamos que aprender a contar también eso, no solo lo que dejamos de emitir nosotros, sino lo que ayudamos a que no emita el país.

Ahora bien, y para mí esto es inseparable de lo anterior, eso no puede dejar a nadie fuera. Por eso seguimos fabricando efectivo. El efectivo también es sostenibilidad, porque es inclusión: es lo que garantiza que una persona mayor, alguien en situación vulnerable o quien no se maneja con lo digital pueda seguir haciendo su vida con autonomía. Y es el recurso al que todos volvemos cuando hay una emergencia y los sistemas fallan.
Por eso creamos también la video-identificación. En la pandemia descubrimos una vulnerabilidad: los certificados que caducaban exigían identificarse en persona, y eso en pleno confinamiento era imposible. Decidimos que no volviera a pasar, y hoy somos nosotros quienes identificamos directamente al ciudadano, de forma segura y sin que tenga que moverse de casa.
La FNMT-RCM trabaja con procesos industriales y exigencias de seguridad. ¿Qué palancas os están funcionando mejor para reducir el impacto ambiental manteniendo los máximos estándares de calidad y control?
Aquí hay una tensión que quiero reconocer abiertamente, porque es real: trabajamos con procesos industriales y con unas exigencias de seguridad que son innegociables. No podemos rebajar ni un ápice el control de calidad de un billete o de un documento de seguridad para gastar menos o contaminar menos. Así que nuestra vía no es relajar los estándares, sino ser más inteligentes dentro de ellos.
La palanca que mejor nos está funcionando es la eficiencia operativa. De hecho, hemos creado un Departamento de Eficiencia Operativa cuyo trabajo es, precisamente, revisar cómo producimos para hacerlo de forma más moderna y más limpia. Cuando optimizas un proceso industrial, consumes menos materia prima y generas menos residuo: reduces el impacto ambiental y, a la vez, ganas en competitividad. Ahí las cuentas ambientales y las económicas van de la mano, no en direcciones opuestas. Y todo ello sin tocar lo que para nosotros es sagrado, que es la seguridad y la fiabilidad del producto.
Energía y eficiencia: ¿qué iniciativas destacaría en vuestras instalaciones para mejorar rendimiento energético y modernizar procesos (optimización, digitalización, mejoras técnicas)?
Voy a poner un ejemplo muy claro, que me gusta especialmente porque no tiene ningún misterio tecnológico. En Burgos ha ocurrido algo que me parece muy revelador. Hace unos años, ese recinto albergaba únicamente nuestra fábrica de papel. Desde 2024 la fábrica convive con un centro tecnológico que construimos allí, en un entorno de seguridad física total. Es más que un centro de proceso de datos de unos trescientos metros cuadrados, con diseño TIER III. Es el corazón de la nubeFNMT, la plataforma que permite a las administraciones apoyarse en nuestros sistemas. Y eso, sumado, ahorra muchísima energía: son muchos centros de datos pequeños que no hace falta construir, ni mantener, ni refrigerar.
La decisión de la que estoy especialmente orgullosa es dónde lo pusimos, porque no fue casualidad. Los centros de datos son hoy uno de los grandes consumidores de energía y de agua del planeta, y la pregunta que se hace todo el mundo es cómo refrigerarlos. Nosotros aprovechamos el frío de Burgos. Diseñamos a medida un sistema de climatización con FREECOOLING ADIABÁTICO: en lugar de gastar energía en enfriar el aire, usamos directamente el del exterior. Lo combinamos con bombas de calor de alta eficiencia, y toda la instalación se nutre de una planta fotovoltaica propia, dentro del mismo recinto.
A mí me parece un buen ejemplo de sostenibilidad bien entendida: usar la geografía y el clima a tu favor. Y hay un matiz que no es menor: Esos datos están en España, en una infraestructura pública. Eficiencia y soberanía, en la misma decisión.

Compras y cadena de suministro: ¿cómo incorporáis criterios de sostenibilidad en la selección de materiales y proveedores, y qué valor os aporta en términos de robustez y continuidad?
En sostenibilidad no basta con hacer bien tu parte; tienes que arrastrar contigo a toda tu cadena de valor. Por eso, cuando sacamos una licitación, no pedimos solo requisitos técnicos: exigimos criterios de sostenibilidad, cláusulas medioambientales e incluso, en algunos casos, productos de comercio justo.
Pero va más allá de lo ambiental. Todos nuestros proveedores tienen que cumplir nuestro Código Ético, que no es un formalismo: habla de prácticas comerciales íntegras, de respeto a los derechos humanos y laborales, de prohibición del trabajo infantil, de seguridad y salud. Y no solo tienen que cumplirlo ellos, sino trasladarlo a su personal y a sus subcontratistas. En el mundo del billete, además, formamos parte de la Banknote Ethics Initiative, un marco internacional de integridad de nuestro sector. Al final, exigir todo esto no es solo una cuestión ética: una cadena de suministro sólida y limpia es una cadena que no te va a fallar.
Me gustaría introducir el agua como eje de resiliencia: en procesos industriales, el agua puede ser un factor relevante. ¿Qué decisiones prácticas estáis tomando para mejorar eficiencia hídrica y asegurar un uso responsable del recurso?
Después del verano que hemos pasado, el agua me parece la conversación más urgente que tenemos como país. España es uno de los países europeos con mayor riesgo hídrico, y eso ha dejado de ser un escenario de futuro.
Nosotros fabricamos el papel de los billetes en Burgos a partir de borra de algodón, y ese proceso necesita agua del río Arlanzón. Tenemos una captación limitada, así que la pregunta que nos hicimos no fue cómo conseguir más agua, sino cómo necesitar menos. Porque si un día el recurso falta, el problema no es solo que contaminemos más; es que no producimos.
Con esa idea encargamos una auditoría del ciclo completo del agua de la fábrica, siguiendo la ISO 46001. Y quiero subrayar que no es un informe de buenas intenciones: se fue punto por punto, proceso por proceso, viendo por dónde entra el agua y por dónde se pierde. De ahí salieron cosas poco vistosas y muy eficaces. Por ejemplo, el agua de los cierres de las bombas, que antes iba al desagüe y hoy vuelve a entrar en la planta de tratamiento; solo esa medida apunta a un ahorro del orden del 25% del agua que captamos.
Pero lo importante, y es lo que me gustaría recalcar, es el cambio de mentalidad. Para una empresa como la nuestra el agua ya no es un asunto puramente ambiental, es una cuestión de continuidad del negocio, de resiliencia operativa. Cuanto menos dependamos de ese recurso, más sólidos seremos.
Tiene además una consecuencia económica que a veces sorprende: el canon de vertido es proporcional al caudal, de manera que reducir el vertido entre un 20% y un 30% puede llegar a bajar casi a la mitad lo que pagamos por él. Las cuentas ambientales y las económicas van de la mano mucho más a menudo de lo que se piensa.
Personas y cultura: ¿qué prácticas internas ayudan a que sostenibilidad, cumplimiento y excelencia operativa formen parte del día a día (formación, liderazgo, objetivos, participación de equipos)?
Una cultura no se decreta, se cultiva. Puedes tener la mejor estrategia de sostenibilidad del mundo escrita en un papel, pero si tu gente no la ha hecho suya, no sirve de nada. Nuestra forma de trabajarlo es la formación y la sensibilización constantes: el año pasado dedicamos más de 32.000 horas a formación, y usamos mucho la intranet para que la sostenibilidad esté presente en el día a día, no solo en las grandes ocasiones. Además, pusimos en marcha unos Objetivos de Bienestar Laboral hasta 2030, en línea con nuestra certificación ISO 45001 de seguridad y salud.
Pero, si me pregunta qué es lo que mejor funciona, le diría que es dar voz a la gente. Ahora mismo, por ejemplo, estamos preparando un concurso interno para que cualquier persona de la casa proponga ideas para reducir envases y embalajes. Cuando la solución sale de ellos y no de un despacho, la concienciación ya no hay que imponerla: aparece sola.
Y sobre vuestro papel en el Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible (liderado por Forética): ¿qué conversación le gustaría impulsar desde una institución que trabaja con “infraestructuras de confianza” para el país, y qué contribución concreta quiere aportar la FNMT-RCM?
Me gustaría llevar a esa mesa una idea que a veces queda fuera de la conversación sobre sostenibilidad, que tiende a centrarse —con toda la razón— en lo ambiental. Y es esta: la confianza también es sostenibilidad. Vivimos un momento de mucha incertidumbre, de desinformación, de fragilidad digital. En ese contexto, que un país cuente con infraestructuras de confianza sólidas —una identidad digital fiable, un efectivo que nunca falla, documentos en los que se puede creer— es una forma de sostenibilidad social: es lo que permite que la gente siga haciendo su vida con seguridad.
Nuestra contribución puede ir justo por ahí: aportar la mirada de quien tiene que garantizar continuidad y fiabilidad durante décadas, no durante un trimestre. Nosotros pensamos en horizontes largos por obligación y por vocación. Y creo que esa perspectiva —la resiliencia de las infraestructuras críticas como parte de la agenda de sostenibilidad, y el compromiso de no dejar a nadie atrás en la transición digital— es algo que la FNMT puede poner sobre la mesa como pocas instituciones.




