La pregunta parece sencilla, pero encierra una paradoja. Sabemos cuánto vale la madera que produce un bosque, cuánto cuesta una hectárea de terreno o cuánto puede generar una explotación forestal. Sin embargo, sigue siendo mucho más difícil calcular el valor de lo esencial, algo que rara vez aparece en los balances económicos: el agua que regula, el carbono que captura, la biodiversidad que protege o la resiliencia que aporta frente al cambio climático.
En España, esta cuestión adquiere una dimensión especialmente relevante. Nuestro país cuenta con más de 28 millones de hectáreas forestales, ocupando un 56% del territorio nacional. De la Unión Europea, España es el segundo país con mayor superficie forestal, por detrás de Suecia.
Ahora bien, los bosques españoles se encuentran en un punto de inflexión. El cambio climático, la despoblación, el abandono rural, la fragmentación de la propiedad y la falta de gestión activa han aumentado su vulnerabilidad. Solo el 20,3 % de nuestra superficie forestalcuenta con un plan de gestión en vigor, lo que limita la capacidad de anticiparse a riesgos como incendios, plagas, enfermedades o fenómenos climáticos extremos.
Además, hay una falta de justicia territorial. Los beneficios de los bosques son compartidos por toda la sociedad, mientras que los costes de su gestión recaen con frecuencia sólo sobre propietarios, comunidades rurales y gestores forestales.
Todo ello muestra la dimensión del reto que afrontamos, motivo por el que desde Redeia dedicamos una mesa de nuestras recientes Jornadas de Sostenibilidad a pensar y debatir exclusivamente sobre nuestro patrimonio forestal.
Los bosques forman parte de la identidad territorial, económica y ambiental de España. Durante décadas los hemos contemplado como espacios que conservar o como recursos que explotar. Sin embargo, hoy sabemos que constituyen una infraestructura natural estratégica que sostiene actividades económicas, protege recursos hídricos, favorece la biodiversidad y contribuye a mitigar los impactos del cambio climático.
El problema es que aquello que no se mide difícilmente se gestiona. Y lo que no se gestiona acaba perdiendo valor. Por eso, uno de los grandes desafíos de los próximos años será desarrollar herramientas capaces de cuantificar los servicios ecosistémicos que prestan los bosques. Se trata de disponer de indicadores fiables que permitan incorporar el capital natural a la planificación de las administraciones públicas y las entidades privadas.
Esta necesidad es especialmente urgente en un contexto marcado por el aumento de las sequías, los incendios forestales y otros fenómenos extremos. Los bosques constituyen una de nuestras principales defensas frente a estos riesgos, pero mantenerlos saludables exige una gestión activa, inversiones sostenidas y una visión de largo plazo. La conservación, por sí sola, ya no es suficiente. Es necesario restaurar, adaptar y gestionar.
Ante estos desafíos, desde Redeia tenemos mucho que aportar. A través de nuestra filial Red Eléctrica, gestionamos más de 46.000 kilómetros de red de transporte eléctrico, de los que algo más de una cuarta parte discurren por territorio forestal. Esto convierte a los bosques en una realidad directamente vinculada a la seguridad, la resiliencia y la sostenibilidad del sistema eléctrico.
Por ello, siempre hemos estado comprometidos con los ecosistemas forestales. Desde 2009, hemos plantado más de 900.000 árboles y arbustos en distintos puntos de España, contribuyendo a la recuperación de ecosistemas, la mejora de la biodiversidad y la dinamización de los entornos rurales.
Ahora, hemos dado un paso más allá aportando reflexión y conocimiento con la publicación del Libro Blanco sobre Bosques, que propone una nueva forma de entender la relación entre infraestructuras eléctricas y territorio forestal. Porque entiende que los bosques y las infraestructuras no son realidades separadas. Los bosques influyen en la seguridad, la resiliencia y la adaptación del sistema eléctrico; y las infraestructuras pueden convertirse en palancas de restauración, conectividad ecológica, prevención de incendios e innovación territorial.
Por ello, el Libro Blanco plantea crear una relación estratégica, basada en la restauración, la gestión forestal sostenible, la innovación, la cooperación territorial y la valorización de los servicios ecosistémicos.
Como primera acción tras la publicación del libro, hemos empezado a colaborar con el proyecto de la Fundación Naturaleza y Hombre ‘Bosques Flotantes’, que contempla la restauración de los bosques de la Montaña Oriental Cántabra..
Volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿cuánto vale un bosque? Probablemente mucho más de lo que reflejan los mercados. Vale el agua que consumimos, el aire que respiramos, el carbono que capturan sus árboles, la biodiversidad que alberga y la protección que ofrece frente a algunos de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Pero también vale algo más difícil de medir: la capacidad de legar a las próximas generaciones un territorio más resiliente, más habitable y más próspero.
Durante demasiado tiempo hemos dado por sentado que los bosques siempre estarían ahí, prestándonos silenciosamente servicios de los que depende nuestra calidad de vida. Hoy sabemos que no es así. Su futuro dependerá de las decisiones que tomemos ahora: cómo los gestionamos, cómo los restauramos y cómo reconocemos el valor que aportan a la sociedad. Iniciativas como el Libro Blanco sobre Bosques de Redeia demuestran que es posible pasar de la reflexión a la acción y construir alianzas capaces de generar un impacto positivo duradero.
La pregunta, por tanto, ya no es cuánto vale un bosque. La verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer para conservarlo, restaurarlo y situarlo en el centro de nuestras decisiones. Porque proteger los bosques es una oportunidad colectiva. Y el momento de actuar es ahora.




