2025 ha sido un año de inflexión para Europa y para el avance de la sostenibilidad en un contexto global cada vez más fragmentado. Las tensiones geopolíticas, la presión sobre la competitividad económica y el cuestionamiento de los consensos multilaterales han marcado un cambio de prioridades en el debate público y político, con un foco creciente en la autonomía estratégica, la seguridad y la estabilidad económica.
En el plano ambiental, el mundo ha asumido que el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC está fuera de alcance, aunque cada décima cuenta. La transición energética continúa avanzando, pero lo hace en un entorno más complejo, caracterizado por una mayor competencia por los recursos críticos, tensiones geopolíticas y un incremento de los riesgos físicos del cambio climático, con impactos cada vez más visibles sobre la salud, las infraestructuras y la actividad económica.
Desde el punto de vista social, se intensifican brechas estructurales que afectan a la cohesión y a la confianza en las instituciones. El encarecimiento de la vivienda, la pobreza infantil, el envejecimiento de la población y la transformación del mercado de trabajo impulsada por la tecnología están configurando un escenario de mayor vulnerabilidad social. En este contexto, la empresa pasa a ocupar un papel central como agente de estabilidad, oportunidad y resiliencia.
En el ámbito de la gobernanza, 2025 cierra un ciclo clave de revisión normativa en Europa. La desinflación regulatoria redefine el marco ESG y traslada el foco desde el cumplimiento hacia la integración estratégica de la sostenibilidad como palanca de competitividad, innovación y creación de valor. Este Informe de Tendencias ESG 2026 analiza las cinco claves que marcarán la agenda del próximo año y, probablemente, del resto de la década, en la que la sostenibilidad seguirá siendo un factor decisivo para el futuro de Europa.
#1 Europa ante su prueba de fuego: la sostenibilidad como factor de competitividad
Culmina el proceso de revisión normativa sobre sostenibilidad en el ámbito europeo. Esta desinflación regulatoria deja a una comunidad de la sostenibilidad, polarizada entre maximalistas y reduccionistas, con un sabor agridulce. Para unos es un retroceso. Para otros, la carga aún es excesiva. No obstante, la finalización del proceso deja un mapa regulatorio con menos presión normativa.
Se reducen de manera significativa los umbrales de aplicación, se recalibra el coste-beneficio del cumplimiento y se disminuyen las contingencias legales para las compañías. Llegados a este punto, no se debe hacer una interpretación fatalista. La no aplicabilidad de determinados requisitos no significa necesariamente que las prácticas más avanzadas en materia de sostenibilidad se vayan a abandonar. Inversores, clientes, empleados seguirán demandando avances. El mayor reto que tiene la sostenibilidad por delante, sin embargo, no es tanto el cambio en la presión regulatoria, sino el papel de Europa en un mundo que orbita en torno a dos ejes.
#2 Los años que vivimos peligrosamente
Los mercados financieros han acusado un debilitamiento de la agenda de la sostenibilidad. La llamada correlación virtuosa de los activos sostenibles – mayor rentabilidad y al mismo tiempo menor riesgo que los índices tradicionales –que ha dominado el comportamiento en las bolsas durante la mayor parte de las últimas dos décadas, se ha debilitado. La crisis energética derivada de la invasión de Ucrania ha ralentizado la transición a las cero emisiones netas. El negacionismo MAGA ha tratado de desacreditar los fundamentos científicos y socioeconómicos de la sostenibilidad. La fiebre de la inteligencia artificial alimenta una expansión de la oferta de energía “a cualquier precio”.
Este hilo de acontecimientos ha tenido un impacto en el dinamismo de las finanzas sostenibles, que se ha traducido en una ralentización en el lanzamiento de nuevos fondos ESG, la restructuración de algunos de ellos y en un enfriamiento de las primas de valoración. Este daño, sin embargo, es superficial. 2026 puede ser un año de transición en los mercados para recuperar la perspectiva de largo plazo. En ese contexto, los activos sostenibles tienen las de ganar.
#3 Brechas que nos dividen: la importancia de lo social
La sociedad actual ha entrado en una nueva etapa romántica marcada por la polarización y la pérdida de confianza en las instituciones. Este cambio viene precedido por una mayor vulnerabilidad de la economía mundial, que se manifiesta a través de un menor crecimiento y una volatilidad de la actividad económica que se ha multiplicado por tres veces y media durante la última década. Esto implica una menor oportunidad, y al mismo tiempo, una oportunidad más incierta. Si bien a nivel global los índices de desigualdad se han reducido significativamente como consecuencia de la generación de una nueva clase media en los países emergentes, la concentración de la riqueza y el estancamiento de las rentas medias en un escenario de mayor inflación, ha agrandado la brecha entre ricos y pobres en los países ricos. El malestar, amplificado por las redes sociales, ha favorecido una dinámica política de confrontación y de falta de grandes consensos. El crecimiento de los extremos genera inestabilidad política y la falta de compromisos de largo plazo. En el contexto de España, cuatro grandes dinámicas elevarán el grado de conflicto social.
#4 Adiós 1,5ºC: el objetivo está fuera del alcance, pero cada décima cuenta
Tras cumplir 10 años desde el Acuerdo de París, la comunidad internacional despierta de un sueño. Hemos perdido la oportunidad de consolidar el escenario más benigno del 1,5ºC. Para hacerlo, la humanidad debería emitir a la atmósfera un máximo de 170 gigatoneladas de CO2. Esto significaría que el 1 de enero de 2030 deberíamos desconectar definitivamente los combustibles fósiles como fuente de energía. Sin embargo, habiendo pasado el ecuador de la década, aún no se han registrado los picos en el consumo de carbón ni de petróleo. Se estima que el primero toque techo dentro de esta década. Para el segundo, sin embargo, la Agencia Internacional de la Energía estima que podría hacer meseta dentro de los próximos años para descender de manera muy gradual y seguir formando parte del mix en 2050. A las dificultades propias de la transición, se ha unido un incremento de la tensión geopolítica. El gasto en defensa, que se ha llegado a duplicar en varios países europeos como consecuencia de la amenaza de Rusia y las presiones de Trump, ha reducido la capacidad de inversión y de generación de incentivos verdes en la Unión Europea. En el frente asiático, China se ha convertido virtualmente en un proveedor cuasi monopolista de tecnologías renovables. Con todo y con eso, aunque la evolución de la transición no está siendo ideal, lo cierto es que se han producido avances significativos.
#5 El agua, un regalo caído del cielo
A pesar de que el agua cubre las dos terceras partes de la superficie de la tierra, el acceso al agua dulce de manera segura y continuada va a ser uno de los mayores retos para la humanidad durante el resto del siglo. Ya lo es hoy para 2.000 millones de personas. Pero una población que alcanzará los 10.000 millones con mayores estándares de vida tendrá que enfrentarse a una mayor volatilidad de los patrones hidrológicos. Sequías más frecuentes y duraderas harán necesario ampliar las fuentes de abastecimiento. Precipitaciones explosivas, por el contrario, requerirán de más y mejores infraestructuras de canalización y protección frente a los excedentes. En este sentido, el agua se convierte en el gran vector de los riesgos físicos del cambio climático. El 91% de las pérdidas económicas generadas por las diez principales catástrofes naturales en 2024, estaban relacionadas con el agua. Todo ello requiere una respuesta a dos niveles: a escala macro y a nivel empresarial. La colaboración público-privada será fundamental para asegurar el abastecimiento. La acción de la administración y de la empresa, serán insuficientes sin una coordinación para maximizar la eficiencia de las infraestructuras hídricas.
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