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Chennor era un niño de la calle. Se quedó huérfano y su tía le pegaba. Decidió irse de casa y buscarse la vida. Ha estado en prisión varias veces, la primera por el delito de loitering, por no tener una casa y deambular por las calles. La última vez que entró en prisión tenía 13 años. Lo hizo en una de las peores cárceles del mundo, Pademba Prison, en Freetown, capital de Sierra Leona. Chennor compartía celda con otros presos. “Comíamos una vez al día, sólo teníamos un litro de agua para beber y asearnos, no podíamos dormir tumbados porque vivíamos hacinados”, explica el joven, hoy ya con una profesión y una familia. “Abusaron de mí. La primera vez porque me drogaron, pero después, hubo muchas veces más, y algunas fueron consentidos por un plato de comida”, afirma Chennor.

Pademba es un lugar oscuro, donde hay peleas, huele mal… pero lo peor de la cárcel de Freetown es que hay menores conviviendo con adultos”, dice Jorge Crisafulli, misionero salesiano que entra en la prisión cada día para llevar algo de esperanza a los internos y para ayudar a que los menores salgan de un lugar que no les corresponde

Como Chennor y como otros menores que están hoy en Pademba, cada año hay más de 1,2 millones de menores en el mundo privados de libertad, según Naciones Unidas. La mayoría no tiene antecedentes y fueron acusados por delitos leves o por delitos que en adultos no lo son, como por ejemplo dormir en la calle. Además, el 59% de los menores internados, según denuncian desde la ONU, no han recibido sentencia a pesar de estar retenidos.

Los menores que son privados de libertad ven cómo sus derechos son violados sistemáticamente. Muchos niños y niñas son tratados como delincuentes cuando en realidad lo que necesitan es un poco de apoyo y asistencia social. El envío de un menor a la cárcel o a un reformatorio debería ser uno de los últimos recursos, sin embargo en muchos lugares en un procedimiento habitual. Por ejemplo, en Kenya más de 1.800 menores están privados de libertad por estar en una situación de desamparo o viviendo en las calles, otros 500 por no estar bajo el control paterno y cerca de 600 por mendigar.

Ser niña entre rejas

Si la situación de los menores en las cárceles y los reformatorios es difícil, en el caso de las niñas y adolescentes es de mayor riesgo. Ellas tienen más probabilidades de ser violadas tanto en el momento de la detención como en el interrogatorio y en el encierro. La falta de instalaciones especiales para chicas hace que la mayoría de las menores tenga que cumplir sus penas en cárceles con adultas. Además, las niñas con problemas con la ley tienen aún más dificultades que un chico para acceder a la educación o a una formación que pueda ayudarlas a ganarse la vida en el exterior.

¿Hay alternativa?

Los expertos hablan de la necesidad de buscar fórmulas para que los niños y jóvenes que hayan cometido un delito no entren en contacto con el sistema penitenciario de manera innecesaria. Desde Naciones Unidas proponen sanciones, sesiones de asesoramiento, prestación de servicios a la comunidad, libertad vigilada, órdenes de supervisión… “En Sierra Leona, por ejemplo, los misioneros salesianos estamos trabajando para incluir este tipo de alternativas para los menores y para acabar con leyes coloniales como la del loitering, explica Crisafulli.

Además, desde MISIONES SALESIANAS apostamos por la prevención y por transformar a los jóvenes a través de la educación. “Los niños son niños y por muy mal que se hayan comportado hay que darles la oportunidad de tener un futuro”, añade el misionero salesiano.

La situación de vulnerabilidad y la violación de los derechos de los menores que se encuentran privados de libertad en cárceles de adultos y que, en muchos casos, están a la espera de juicio o por delitos menores ha hecho que desde MISIONES SALESIANAS pongamos en marcha la campaña Inocencia entre rejas.

Queremos denunciar esta realidad que deja a los menores en graves situaciones de desamparo y conseguir personas que se involucren en la defensa de los derechos de la infancia para cambiar las situaciones injustas que viven estos menores en prisiones de todo el mundo.